Dios, ayuda a mi pobre país

Columnistas, Opinión

Presiones, amenazas, extorsiones, venganza y muerte son los mecanismos que suele usar la mafia para intimidar y obtener algún tipo de rédito a la fuerza. Es así como en nuestro país se ha vuelto común convivir en medio de vacunadores, extorsionadores, sicarios y hasta políticos prófugos que amenazan vengarse. Ya nada les ruboriza, nada les amedrenta, delinquen e infunden miedo como si de comer se tratara, con una naturalidad pasmosa, al punto de obligar a los ciudadanos a presentar la fotografía de la papeleta de votación marcada en el casillero de la candidata Luisa González de la Revolución Ciudadana para que pudieran ir tranquilos, si no, estos narco-delincuentes podrían pasarle factura al infeliz elector.

No obstante, este tipo de prácticas deshonestas al momento de sufragar no serían nuevas, personajes de la talla y respetabilidad del gran escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809 – 1849) pudieron también haber sido víctimas de ellas, según cuenta la siguiente anécdota de los últimos días de su vida.

El escritor llevaba tiempo desaparecido, lo único que se sabía de él es que en sus últimos días se había volcado al alcohol. Cuando por fin, luego de varios días uno de sus amigos lo encontró a un lado del camino completamente ebrio, vistiendo prendas en muy mal estado que no eran suyas (algo impropio del escritor ya que siempre solía vestir de traje), confesó, al reponerse medianamente, no recordar absolutamente nada de lo que le había pasado.

Aún mal, fue trasladado a un hospital cercano. Recobraba conciencia por unos minutos y luego se desmayaba, así estuvo durante horas hasta que falleció. Nunca se emitió un certificado de muerte y un periódico local señaló que el escritor había muerto de «congestión cerebral».

Desde entonces, el motivo de su muerte es un misterio, considerando al alcoholismo o la tuberculosis como posibles cusas, e incluso, nada difícil, que Poe fuese víctima de una costumbre de esa época en la que las personas eran secuestradas, drogadas y forzadas a votar una y otra vez en distintos centros de votación por el mismo candidato político para asegurar la victoria.

Hoy, si bien no los drogan, los amenazan. Es por eso que no sé (de hecho, nadie sabe) cuánta incidencia pudo haber tenido aquella malhadada práctica citada al inicio en los resultados finales de la reciente contienda electoral en el Ecuador, supongo -espero- que no sea mayor, aunque no es la cantidad, sino el hecho de seguir directa o indirectamente permitiendo que los criminales impongan su agenda en la sociedad civil.

En medio de la agonía, las últimas palabras de Edgar Allan Poe justo antes de morir fueron: “Dios, ayuda a mi pobre alma”; por eso, con todos estos penosos antecedentes en el Ecuador donde el próximo 13 de abril la narco-política podría apoderarse del poder para siempre, me permito parafrasear al extraordinario cuentista diciendo: “Dios, ayuda a mi pobre país”.  (O)

mariofernandobarona@gmail.com

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