El poder y las huarmis/ Pedro Reino

Columnistas, Opinión

No se trata solamente de sinónimos (porque en rigor semántico, los sinónimos no existen), sino en esto de la interculturalidad, que voy a evidenciar estas consideraciones.

Si digo pensando solamente en español, para referirme al género femenino tengo: mujer, hembra, dama, señora, doña, señorita, doncella, joven, muchacha, virgen, chica, etc. Pero en la interculturalidad andina tenemos tomadas del quichua las palabras: huarmi, huambra, huahua, ñusta, palla, cuitsa, mama, huaricha, carishina, longa, india pampay huarmi. Con cambio semántico están palabras como verduga, doña, chola, rocota, etc. que son del español pero hacen alusión al imaginario de mujeres indígenas y mestizas ridiculizadas y estigmatizadas. También pueden aparecer formas sustráticas de lenguas pre quichuas, como en el caso de Tungurahua con el término tsilinquitsa, que se refiere a la jovencita movediza de la cadera hacia abajo.

Volviendo al español, no es lo mismo decir “mujer”, que decir “señora”. Y miren que una cosa es referirse a alguien para expresar que es “bien señora”, “de su puesto”; que decir “bien mujercita”, es decir, que saber de los oficios femeninos. Podemos afirmar desde el punto de los opuestos: consorte, costilla, vampiresa, etc. que aluden a adjetivaciones moralistas, dependientes. El laberinto es grande como para un tratado de sociolingüística.

En quichua, la palabra “mama” (no mamá como en español) era un designativo jerárquico aplicado a lo que significaría una “matrona”, una mujer de respeto. La Mama Ocllo por ejemplo alude a la mujer o “huarmi” que había sido jerarquizada como en los círculos aristocráticos de nuestra página social aluden a las “señoras de…” (La señora de López-Naranjo, la señora de Villagómez, la señora de Orellana, que provienen de apellidaciones de la colonia).

El caso es que las “huarmis” tenían un carácter semántico de “reproductoras”, como ahora se piensa cuando en la plaza de venta de cuyes. Las llamadas “revendonas” atraen clientes mostrando cuyes ‘’yayas” y cuyas “huarmis”. Aquí se han evidenciado los opuestos, porque una cosa es el “cari”, que es un macho potencial, diferente al “yaya” que es el semental. El “taita”, también es macho, pero tiene una categoría de respeto, es un moralismo que se va logrando con el paso de la edad madura a la del “jatun taita” que se dice cuando se llega a ser “abuelo”, que es lo que significa. En un “cuijalo” o cuyera, para un grupo de “huarmis” se pone un “yaya”, y no simplemente un “cari”. El “yaya” es un macho jerárquico selectivo, viril y fecundador.

Pero miren no más que vinculados al sentido animal del que formamos parte, los incas practicaron su estrategia de poder buscando “huarmis” entre “Pallas y Ñustas” (vírgenes del sol) para convertirlas en “mamas” dinásticas, según los casos. El inca tenía una mujer principal y mujeres “secundarias”, reconocidas públicamente, con opción a convertirse en influyentes “matronas” que tenían sus súbditos o “yanas / Yanacunas” a quienes hasta les cobraban tributos y estaban a su servicio como labradores de la tierra convertidos en tributarios. Los incas, en su condición de guerreros, como la mayoría de hombres de armas, jerarquizaban a las mujeres étnicas que habían sido conquistadas, convirtiéndolas en sus poderosas concubinas. Bien podemos decir que en y tras el poder estaban las amantes del que las gobernaba en su calidad de “yaya”.

Los hijos habidos en innumerables mujeres de varias etnias, en su condición de medio hermanos, eran potenciales sucesores del “trono” principal del imperio; Y desde luego, los agnados y cognados de las “huarmis y huarichas” entraban en esos círculos. Bástenos leer el libro de María Rostworowski, la historiadora peruana que me ha fascinado con su obra en su cuarta edición (2017), titulado:Doña Francisca Pizarro, la hija del conquistador del Perú, donde nos aclara muchas conductas de las mujeres que fueron partícipes del poderío de los señores dominadores del incario. (O)

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